Padura es un buen narrador, sus novelas policíacas tienen el derecho que siempre han tenido todas las novelas y los novelistas, a saber, sostenerse  en determinadas parcelas de la realidad, ya que la aspiración de la novela total es imposible. El desastrado pero honesto y humanísimo Mario Conde es, tiene toda la verosimilitud literaria para ser, un prototipo de un ser humano posible, que no puede verse sino como eso precisamente: una de las actitudes aleatorias ante la realidad vivida. Pero ya se sabe que no hay una correspondencia coherente entre la excelencia de la obra literaria y las actitudes políticas. Entre tantos, allí está el autor de La Casa Verde para recordarlo, o el célebre caso de Borges. Y las huellas que sobre el hombre, escritor o no, dejan los vendavales de la historia, son de muy distinto carácter y consecuencias. Padura ha mencionado varias veces la palabra miedo con relación a su avatar biográfico. Ese que debió sentir profundamente el azorado joven intelectual que era citado a oficinas para ser sancionado por personajes muy reales en unas circunstancias que, quien no la vivió, no puede tener noción de lo que ello significa para un espíritu en formación, quizás imbuido sinceramente de los aires heroicos de aquellos tiempos de la también joven revolución. Padura no podía tener noción comparativa entonces de lo que era el miedo de un escritor citado ante las autoridades soviéticas de la peor época estalinista. Después sí. Pero ya la huella indeleble estaba marcada en su psiquis y no hay derecho a exigir a todos los que han experimentado cualquier tipo o intensidad de la opresión a que la superen por igual. No es gratuito que Padura haya mencionado tantas veces la palabra miedo. Sin caer en un fácil psicologismo asiste el derecho a suponer que aquella huella fue poco menos que imborrable y que, en el fondo de la desalada, y desamorada visión que Padura tiene de muchos temas cubanos de ayer y de hoy mismo – entre ellos los olvidos que le señala Atilio Borón – hay consecuencias psicológicas y espirituales que el autor no pudo superar del todo y que, como hace todo escritor, lo ha convertido en sumun de su tarea literaria sea de manera calculada o no. Lo que llamamos en socorrida y gastada imagen la rueda de la historia no sólo avanza o retrocede en complejo zigzag, sino que también aplasta a su paso a unos, y aúpa y beneficia a otros. Y ciertamente, algunos fueron aplastados por aquella rueda, silenciados en vida, y debieron pasar por muy amargos momentos que no es lícito, ni ético, olvidar. Una parte de aquella joven generación – pero también de las anteriores – recuérdese si no a Virgilio Piñera – tiene todo el derecho a considerarse, sentirse, como la describe Padura, esos jóvenes aburridos, frustrados, adoloridos. Pero el escritor hace generalizaciones, o el lector en su lugar, y extiende las frustraciones o los miedos y los traumas personales, a todo un proyecto, a toda una generación.

Ahora: aunque soy de los que considero que el premio Padura, literariamente, lo tiene bien merecido, por otra parte sospecho que el galardonado autor lo recibió con una indescifrable sonrisa interior: quizás premiar a este autor y no a Heras León, por ejemplo, fue un gesto de una no muy sutil diplomacia cultural de las autoridades que deciden esos honores con el objetivo de neutralizar la formación en ciernes – y la utilización de su figura para otros aviesos propósitos – de lo que pudiera ser un autor de prestigio en la isla con poses disidentes. Y con esos propósitos ya Heras León no es útil. Así de amargo es el cáliz de la política real.

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