Existe una curiosa paradoja que no se ve tratada habitualmente por los pensadores: las corrientes ideológicas progresistas, al ponerse al servicio de las multitudes preteridas del planeta, – esas que forman en cualquier país los sectores que padecen los distintos grados de la pobreza, las minorías de todo tipo, etc. – legitiman así, (como ponerse del lado de los pobres merece honor, dijera Martí de Marx) , la superioridad moral de su opción y, consecuentemente, también, la superioridad moral de los sojuzgados y explotados de todo tipo frente a cualquier poder explotador. Eso por un lado. Pero son amplios los círculos de esas mismas masas las que en muchas ocasiones no tienen un comportamiento socio político coherente con respecto a los objetivos e intenciones de su vanguardia progresista y revolucionaria. Así ha ocurrido en varias ocasiones en el proceso boliviano actual con la actitud de masas de aborígenes con respecto al gobierno de Evo Morales, o en el escenario bolivariano de este mismo segundo -, en el ecuatoriano de Rafael Correa, en el Venezolano de Maduro, – salido del mismo seno indígena el primero, y claramente enrumbados los demás por el camino de las mejores aspiraciones reivindicativas de las políticas de izquierda en lo que va hasta el momento del intento por lograr el inédito socialismo del siglo XXI.

Resulta muy consolador- y quizás simplista – atribuir las falencias  de la  actuación política y cultural de los grandes conglomerados humanos sometidos (véase la muy reciente última elección en Colombia, donde el peor de los escenarios posibles ha merecido la mayor votación)  a la deformación y el sojuzgamiento mental inducidos en los imaginarios colectivos por la actual triunfante cultura capitalista, aunque la importancia de su magnitud tampoco se pueda minimizar. Sería imaginar al hombre como una totalmente inútil marioneta capaz de ser manipulada impunemente sin ningún margen de decisión individual.

(Continuará)

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