Tomado de Monografías.com

por Francisco Rodríguez    franciscorodriguez50@cantv.net

 Introducción

  1. Subjetividad e individualización de la vida social
  2. Hiper-individualización del yó como respuesta a la disolución de lo social
  3. Conclusiones

Introducción

Los procesos de modernización en Venezuela, como en muchas partes del mundo, han traído consigo cambios devastadores desde el punto de vista político, económico, cultural  y sobre todo en las estructuras de los sistemas de interacción social.

En este campo encontramos que se ha venido reduciendo dramáticamente el espesor de  lo que siempre constituyó la trama de la vida social. Reguladores normativos, valorativos, rituales de la interacción, pautas interactivas, etc., comenzaron a evaporarse como “pompas de jabón” al contacto con el torrente arrollador de procesos de urbanización compulsiva y masificación de las relaciones sociales.    

Subjetividad e individualización de la vida social

El modelo de subjetividad que está a la base de este proceso, es el de  un narcisismo primario cosificante que induce a la instauración de un estado que pudiéramos denominar como de “primarización de la conciencia”.

Este estado de conciencia como un modo “normal” de configuración de la subjetividad podría en estos momentos estar conduciendo procesos de “individualización autística” que amenazarían seriamente el orden de lo social construido a partir de las bases elementales de la relaciones del sí mismo con el Otro, en términos de relaciones cooperativas para el logro de “objetivos comunes”.

De esta manera, el Otro deja de tener una configuración humano-social-real, para pasar a ser una abstracción generalizada, bien como el Otro inmediato o como el Otro del poder y el significante.

La metáfora predominante aquí es la de una visión en espejo permanente del sí mismo y por lo tanto la vivencia de lo social como un monólogo eterno que ha prescindido  del diálogo por innecesario e imposible.       

Des-modernización y disolución social:

La noción de compromiso o de contrato social subyace en el fondo del universo asociativo de la modernidad. Lo social como concepto es posible sólo como el producto de una elección racional hecha por un sujeto de compromiso histórico que es capaz por solidaridad orgánica de vincularse con el otro para conformar grupos y urdir la trama de las relaciones sociales en general.

En el ámbito microsocial, es la familia la que aparece como el grupo primario por excelencia. Estructura de intermediación social primaria entre el individuo y la sociedad más amplia, la familia fundamenta su razón de ser en dos paradigmas básicos como son: el cristiano y el jurídico. Sexualidad orientada a la procreación exclusivamente como medio de asegurar la descendencia que posteriormente se transformará en sujetos-ciudadanos aptos para la construcción y reproducción de una sociedad históricamente enderezada hacia el progreso, supone una “pastoral de la carne”, un modelo disciplinario y un patrón del tipo normal-patológico.

El modelo victoriano de familia quizás sea uno de los ejemplos más contundentes de una “economía política libidinal doméstica” fundamentada en un discurso verdadero que atiende a las fuentes de inspiración antes señaladas: una ascética cristiana y un modelo disciplinario y del tipo normal-patológico.

Hoy tenemos un estado de disolución de las viejas estructuras familiares que dejan de fundamentarse en un paradigma de alianza para adoptar un paradigma esencialmente estratégico.

En el espacio dejado por las antiguas estructuras lo que se colocan son dispositivos de poder y saber que producen como resultado un agregado amorfo de individuos, intereses, interacciones estrategias y sobre todo de relaciones de fuerza en competencia por el poder y el dominio.

Mera reproducción del orden caníbal generalizado en que se ha convertido la sociedad en general.

Este orden caníbal constituye el aspecto más visible del orden de mercado sin mediaciones y universalmente funcional propuesto como único paradigma de estructuración y funcionamiento de la sociedad.

Sí el otro para mi no es más que un medio para la realización de algún beneficio, o un potencial o real competidor, o simplemente un factor de poder (en sentido tanto pasivo como activo), lo social en tanto que pacto, compromiso, diálogo o interrelación que se establece con el otro, ya no es posible por una imposibilidad estructural y no de hecho sencillamente.

En estas condiciones lo social (en sentido estricto) como redes de intercambio simbólico (retículo semiótico) tiende a desaparecer para generarse en su lugar una red de dispositivos de información y de actuación en un medio que asume el carácter de una estructura universal de mercado.

Se trata de un proceso de desocialización y deculturación (in strictu sensu) a que conduce una situación de hiper-individualización posesiva del yo del hombre de la civilización post-industrial. Atomización del yo como instancia relacional que deviene ahora en virtud de la pulverización de la trama de relaciones sociales, en simples mónadas que entran estratégicamente en contacto con otras.

Más que relaciones, lo social es hoy una cadena de interacciones que se producen entre subjetividades que funcionan como artefactos orientados esencialmente hacia la adaptación.

También lo social termina siendo un artefacto en este juego de principios de acción y reacción en donde la subjetividad se ha vaciado de contenidos trascendentales como: ideología, metafísica, sentido, etc. Meros efectos residuales de los rendimientos de un aparato de producción y consumo que no sólo es de productos materiales y servicios sino fundamentalmente de signos y de subjetividad.

Hiper-individualización del yó como respuesta a la disolución de lo social

 

En el plano de las relaciones entre verdad y subjetividad, en la vida cotidiana, este fenómeno ha significado la emergencia de un proceso de individualización de la verdad a niveles subjetivos

En todo caso este estado de ánimo o posición asumida como individual será siempre el producto del aparato mass-mediático cuya función como estructura productora de subjetividad es estratégica para esta fase de desarrollo post-capitalista.

El concepto de la subjetividad como dispositivo individual (telespectador-consumidor pasivo) que implica como condición estructural la disolución de todo tipo de identidad (tanto individual como colectiva) encuentra arraigo en una situación de comunicación en la que lo que predomina no es un orden de interrelación sino de inter-reacción.

Respuestas adaptativas a señales-estímulos que son procesados de acuerdo a programas mass-mediáticamente establecidos y no por subjetividades-memorias vinculadas a tradiciones étnicas, culturales en general, que permiten la interpretación de la experiencia, sino por un dispositivo funcional que es en lo que ha devenido la subjetividad (tanto individual como colectiva).

En el contexto de estas estructuras de interacción, la comunicación adquiere el carácter de un proceso de yuxtaposición de individualidades muy egocéntricamente e hipernarcisticamente orientadas hacia un sí mismo cada vez más primario y elemental.

Un hombre auto-egocéntrico al decir de Morin(1998) que se constituye como subjetividad en tanto máquina deseante que vive permanentemente frente al “espejo” sin la capacidad de reconocerse críticamente en el otro dominante y del poder.

Este plan de máquinas en que se constituyen las relaciones sociales implica bien como causa o efecto la muerte de la subjetividad como espacio de condensación de las relaciones sociales y por tanto de lo social.

Se trata de un proceso de desocialización y deculturación del yo y de la subjetividad en general que está produciendo una sociabilidad regresiva y egocéntrica.

La sociedad contemporánea representa a una época con muchos avances en lo tecno-científico, en  la lucha a favor de la democracia y los derechos humanos, en la importancia del papel de la mujer, etc. No obstante hay un morbo que carcome fuertemente los cimientos de esta civilización.

Más allá de las desigualdades sociales, la pobreza, la crisis de valores y toda la cadena de flagelos que azotan a la civilización contemporánea, es la banalización y frivolización de la vida lo que a mi modo de ver las cosas, constituye un cáncer que hace metástasis en todas las estructuras del espíritu de  esta civilización.

La política como simple espectáculo mass-mediático, el consumismo convertido en religión de la época (con sus ritos, sacerdotes, templos, etc.), el hedonismo o búsqueda compulsiva de placer; y en el fondo del alma de la gente, una sensación profunda de fastidio y aburrimiento.

Conclusiones

La sociedad contemporánea representa  una época con muchos avances en lo tecno-científico, en  la lucha a favor de la democracia y los derechos humanos, en la importancia del papel de la mujer, etc. No obstante hay un morbo que carcome fuertemente los cimientos de esta civilización.

Se trata de un proceso de pulverización de lo social (muerte de lo social) en tanto sustrato que constituye la acción y lo humano en general hasta el punto que podríamos hoy hablar del anuncio de la muerte del hombre y este es el verdadero apocalipsis.

 

 

Autor:

Francisco Rodríguez

franciscorodriguez50@cantv.net

Universidad de Oriente-Venezuela

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