Una de las tareas más arduas – después, por supuesto, de todas aquellas que son básicas para la sobrevivencia y la ineludible simple reproducción de la vida biológica, durante, digamos, aquellas que estaríamos en condiciones de dedicar al llamado ocio creador – es quizás la de mantenerse informado en la pequeña parcela de conocimiento que hoy el ser humano puede abarcar. La información en soporte tradicional a la que puede acceder un interesado sólo representa el 0,007% de la información del planeta, lo que es apenas un ridículo grano de sal en el océano del 99.9 % que se registra en la tecnología digital. Pero ese no es, con mucho, el peor problema.

 Porque es una aparente paradoja que – para los que pueden, por cierto, que son los menos – nunca antes la información ha sido tan horriblemente grande (600 exabytes hasta el 2011, es decir, un trillón de bytes), ni su acceso tan veloz. Pero ya es lugar común percatarse que la información abruma tanto, se acumula con tal celeridad, se superpone, que el efecto resulta en la banalización del impacto de forma tal, que llega a insensibilizarnos, que impide la lenta decantación de las reflexiones, que aturde y ralentiza la capacidad afectiva y de asombro de los humanos.

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