ImagenReseña de Lev Tolstói, “Contra aquellos que nos gobiernan”, Madrid, Errata Naturae ediciones, 2014 (traducción de Aníbal Peña), 125 páginas.

Por Salvador López Arnal

El Viejo Topo

Para Karine y Alina, dos niñas catalano-sefaradianas que nacieron en una ciudad que sigue rindiendo homenaje en su nombre a lo mejor de la cultura soviética.

Contra aquellos que nos gobiernan, se señala en la última página del volumen junto a un excelente dibujo del gran novelista ruso, es el 18º libro de la colección “La muchacha de dos cabezas”. Está compuesto en tipos Dante, se terminó de imprimir en unos talleres de Madrid por cuenta de la editorial, en enero de 2014, “ciento doce inviernos después de aquel [1902] en que el documentalista Burton Holmes y el senador Albert J. Beveridge se abrieron paso entre tormentas de nieve e ideología para visitar a Lev Tolstói en su remota casa de Yásnaia Poliana, donde conversaron, bebieron sbiten con miel bien caliente y grabaron el encuentro en una cámara de 60 mm cuya película fue destruida poco después por los asesores del político norteamericano que pensaron que eso de reunirse con un escritor ruso, barbudo y libertario no iba a proporcionarle muchos votos en su carrera a la presidencia”. 

Es altamente probable que los asesores del político institucional norteamericano estuvieran más que acertados en esta ocasión. El autor de Guerra y paz no daba votos, nunca ha dado votos a políticos y partidos del sistema de la explotación, el esosuicidio y las desigualdades. Sus posiciones básicas eran diáfanas: “La luz eléctrica, los teléfonos, las exposiciones universales, todos los jardines de la arcadia con sus conciertos y sus diversiones, los cigarros y las cajas de cerillas, los tirantes y hasta los automóviles… todo eso me parece muy bien, pero que desaparezcan para siempre todas esas cosas juntas con los ferrocarriles y las fábricas de telas y de paños, si para hacer perdurar todos esos manantiales de placeres y de comodidades, en provecho de una minoría privilegiada, el novena y nueve por ciento -¡el 99%, nuestro 99%- de la humanidad debe permanecer en la esclavitud y continuar muriendo por millones a consecuencia del trabajo que se le impone. Si para que Londres y Petersburgo aparezcan iluminados por la electricidad, si para que se eleven los magníficos pabellones de una exposición o para que podamos admirar bellos colores y finas telas, se precisa que algunas vidas humanas se destruyan o se abrevien o se echen a perder, alúmbrense Londres y Petersburgo con gas o aceite, que no haya más exposiciones, que no se fabriquen telas preciosas. Si algo importa verdaderamente es que sobre la Tierra no quede rastro de la esclavitud que ha consumido tantas vidas humanas. Los hombres verdaderamente civilizados preferirán siempre viajar a caballo en lugar de servirse de las vías férreas, que causan tantos muertos porque sus propietarios estiman menos costoso pagar indeminizaciones a las familias de esas víctimas que variar el trazado de sus vías. La divisa de los hombres verdaderamente civilizados no será: Fiat cultura, pereat justicia, sino: Fiat justicia, pereat cultura” (pp. 52-53). Su posición praxeológica, de acción y resistencia: “Todo ser humano que quiera mejorar no solamente su propia situación, sino también la de sus semejantes, deberá dejar de cometer los actos que son causa de su esclavitud y la de los demás hombres” (p. 116). Entre ellas, dejar de participar en la acción de los gobiernos : ni soldado, ni capitán, ni ministro, ni jurado, ni gobernante, ni parlamentario: todas ellas, recuerda LT, se ejercen con apoyo de la violencia.

Estructurado en 15 capítulos y una conclusión, Contra aquellos que nos gobiernan abre con una sentida descripción, impecable y conmovedora, de las condiciones de vida de la clase obrera rusa de aquellos años. “Desgraciadamente era verdad que, por una corta suma que apenas les das para sobrevivir, hombres que se creen libres se condenan a un trabajo que el amo más cruel, en los tiempos de la servidumbre, no había impuesto a sus esclavos. Hasta un cochero de punto evitaría tratar así a su cabello, pues el animal vale dinero y sería insensato abreviar por un trabajo excesivo de treinta y siete horas una vida valiosa” (p. 14).

La descripción de la fábrica de sederías del segundo capítulo, con notable sensibilidad por las mujeres trabajadoras, no está en absoluto alejada. “Estoy seguro de lo que afirmo: hay cientos de miles de mujeres que desde hace veinte años han sacrificado su juventud, su salud y hasta su vida y la de sus hijos para fabricar terciopelo y seda.” (p. 16). La irrupción de las diferencias de clase, en nudos vitales, esenciales, irrumpe aquí con fuerza: “Las estadísticas dicen que la duración media de la vida en Inglaterra es de cincuenta y cinco años para los hombres de las clases altas, y de apenas veintinueve para los que se dedican a trabajos insalubres”. Las dudas y preguntas de Tolstói son válidas para también nosotros, para nuestro tiempo, un siglo después. “Todos conocemos, pues no podemos ignorarlos, los terribles efectos de la industria moderna. Parece por tanto inadmisible que actuemos con tanta crueldad, como bestias salvajes, aprovechándonos del trabajo funesto que realizan otros y que les cuesta la vida, sin ni siquiera perder para siempre el reposo de nuestra conciencia” (p. 17). Sabemos acaso, pregunta el autor, que en algún lugar hay, “ahora mismo, obreros trabajando treinta y siete horas seguidas con el único abrigo de una sala incómoda e insana”. ¿Lo sabemos?”¿Qué extraña ceguera nos impide ver la miserable suerte de esos millones de trabajadores que pagan con la vida su trabajo, una muerte lenta y a menudo dolorosa, para procurarnos a nosotros comodidades y placeres?”.

Más allá de los aspectos crítico-descriptivos, más allá de su certera descripción de la esclavitud asalariada moderna (“Actualmente un amo no tiene a su disposición a un esclavo que consienta sin retribución en limpiar su retrete, pero tiene tres rublos que hacen gran falta a centenares de trabajadores y el que escoja de entre todos esos hombres, por esa corta suma, se apresurará a realizar tan innoble tarea”, p. 56) las observaciones metodológicas de LT tampoco andan extraviadas ni desposeídas de interés como tampoco sus puyas a determinada filosofía del derecho que considera, sin más, que las leyes son siempre expresión de la voluntad del pueblo (“¿Qué es lo que da algunos hombres el poder de hacer leyes? Lo que otorga el poder de hacer leyes es lo mismo que permite asegurar su ejecución: la violencia organizada”, p. 85)). Lo cierto, señala, es que para fundar esa ciencia dudosa, la economía política, “no se han interrogado los datos de la historia universal en su conjunto. Sus fundadores se contentaron con examinar la situación económica de Inglaterra a finales del siglo XVIII y principios del XIX, es decir, a estudiar un período restringido de la historia de una pequeña nación, sometida, por lo demás, a la acción de causas tan excepcionales que no permiten generalizar los resultados de esta observación” (p. 23). Sin embargo, señala LT, el aspecto visiblemente incompleto de esos estudios no ha impedido que “se tuviera entera confianza en las conclusiones de los economistas.” Sus discusiones interminables y sus continuos desacuerdos -sobre la definición de renta, valor y beneficios- no han comprometido el éxito de su enseñanza. Pocos han visto, añade, no legaban a entenderse sino sobre la proposición siguiente fundamento de su propia ciencia: “las relaciones entre los hombres no se determinan por las ideas de bien y del mal sino por los intereses de una clase privilegiada” (p. 24). En nuestra sociedad, se ha constituido un grupo de individuos que desposee a los trabajadores, “mediante actos de verdadero bandolerismo, de todo el producto de su trabajo”.

Más allá de algún error conceptual menor, está claro que Tolstói no se corta ni un pelo, apunta al núcleo del asunto (“La causa de la desdichada condición de la clase trabajadora es la esclavitud, la causa de ésta es la existencia de las leyes; las leyes de apoyan en la violencia organizada”, p. 87), y acierta en lo esencial. También en esto: “Los trabajadores, viviendo en contacto con los ricos, adquieren el mismo gusto por el despilfarro y el lujo. Solicitados por nuevas necesidades, se encadenan a una labor más y más encarnizada, pues la satisfacción de sus gustos es proporcional a la suma de energías que gastan en el taller o en la fábrica” (p. 63).

Es fácil para nosotros comentar críticamente algunas de las alternativas y senderos señalados por el autor, al igual que algunas de sus aproximaciones inexactas a la tradición socialista alemana (capítulo X). Ciertamente, no siempre son transitables. Pero muchas de sus respuestas y reflexiones a lo que considera las tres preguntas centrales de aquellos años no son en absoluto vacías de interés. Sus preguntas: 1ª. ¿Es justo que los hombres no puedan gozar de la tierra porque se dice que pertenece a otros hombres? 2ª. ¿es justo que se tome a los hombres, a través de los impuesto y sin su concurso efectivo, una parte del producto de su trabajo?, 3ª: ¿es justo que los hombres no pueden disfrutar de aquellos bienes que están considerados como propiedad de otros hombres? Incluso donde pueden estar más centradas nuestras divergencias, en la segunda (aunque repárese en el “sin su concurso efectivo”), hay vértices de interés, si bien sus ataques al reformismo político son aspiración emancipatoria son en ocasiones algo injustos: “Los que proponen, por ejemplo, beneficiar a la clase pobre mediante la supresión de las contribuciones personales y haciendo que los ricos soporten todo el peso de las medidas fiscales se ven obligados a defender la propiedad de la tierra, de los medios de producción y de todos los bienes sobre los cuales desean establecer estos nuevos impuestos. Liberan al trabajador de la tiranía del fisco, pero, al no variar lo más mínimo las leyes relativas a la tierra y a la propiedad, lo dejan bajo la completa dependencia de los capitalistas” (p.76). Sabemos que no es así siempre, sabemos que no siempre ha sido de este modo. Hay matices, muchos matices, que Tolstói no tiene en cuenta en esta aproximación de brochazo. Como también en esta: “Una de dos: los hombres son o no son seres racionales. Si no son racionales, no cabe establecer entre ellos diferencias acerca de su razón, y entonces todo deberá regirse por la violencia, sin que haya motivo alguno para conceder a uno y no a todos el derecho a usar la violencia. Eso es la condenación de los gobiernos. Pero si los hombres son racionales, sus relaciones deben estar fundadas sobre la razón y no sobre la violencia de aquellos de entre ellos que, por azar, se apoderan del poder. Esto también condena la existencia de los gobiernos” (p. 97). El carácter excluyente de la disyunción le impide al gran novelista ruso pensar en escenarios más próximos a la cultura del término medio, del mesotés aristotélico.

En las conclusiones su tesis central pacifista y antimilitarista: “para nosotros, que queremos acabar con una organización social injusta, no hay más que un remedio, abstenernos de practicar toda violencia: la violencia física, la enseñanza sistemática de la violencia y toda justificación social de la violencia… Ningún hombre puede, pues, dura de que, a favor del bien común y del cumplimiento de su ley particular, debe renunciar a la violencia, a la justificación de la violencia y a la explotación de la violencia ” (p. 125). No podemos seguir como en el pasado, con completa tranquilidad de conciencia, de “una propiedad que es fruto del asesinato o de amenazas de asesinato”.

En síntesis: más allá de su indiscutible grandeza como novelista, como gran clásico de la literatura universal, Tolstói es un pensador libertario tan destacado como fascinante y sus análisis de la no violencia activa, sus reflexiones en el terreno de la economía política, su aproximación a las tesis sobre la supresión de la propiedad territorial del georgismo y su misma vindicación de una cultura campesina, ecológicamente sostenible y solidaria diríamos nosotros, son más que actuales y predecesoras de muchas de nuestras preocupaciones centrales. Abonan la misma tradición de emancipación, la misma sal de la tierra.

 
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