(I)
Durante su ya más de medio siglo de historia revolucionaria, con diversa suerte y frecuentes altibajos, se ha mantenido en Cuba una polémica muy peculiar acerca de la  necesidad de fomentar la cultura del debate.
Su hito inicial quizás puede fijarse en aquellas inquietudes de los más significativos intelectuales cubanos, la mayoría de ellos con una obra ya hecha o en pleno desarrollo, que desde el primer año de la Revolución, comenzaron a preguntarse por el lugar que ocuparía en las preocupaciones del nuevo gobierno la cultura y el trabajo de los creadores.
Aquellas inquietudes eran precisamente síntoma de la positiva percepción con respecto a las nuevas posibilidades que se abrían para las tareas culturales, y que llevarían a los más connotados intelectuales del grupo Orígenes a saludar la Revolución, ante el notorio  absoluto abandono y desprecio por la cultura y la intelectualidad que habían sido el signo de toda la historia republicana.
En la voz de lo más connotado de aquellos creadores por primera vez se sintió la intelectualidad creadora con el derecho, y la tribuna, para plantearse una reivindicación que no había sido antes jamás posibilidad reconocida en toda la etapa del marasmo neocolonial.
Y aquellas preocupaciones dieron lugar a  los contactos que Fidel mantuvo durante los días 16, 23 y 30 de junio de 1961, en la Biblioteca Nacional, con los intelectuales, resumida en las célebres Palabras a los intelectuales y en el no menos famoso apotegma que trascendió como el primer principio de la política cultural de la Revolución y que sintetizaba el fundamental derecho de la Revolución a defenderse y la libertad de los métodos creadores siempre que no se opusieran a los derechos de sobrevivir de la naciente revolución.
La médula de la interrogante intelectual estaba en la posibilidad de que tomaran fuerza en la conducción política de la cultura cubana revolucionaria, los llamados principios del realismo socialista y las concepciones culturales que iban gravitando bajo los nacientes nexos económicos e ideológicos que ya se anudaban con la patria de Lenin y por la existencia de un viejo  partido comunista en la Isla, fuertemente signado e ideológicamente dirigido por la Internacional Comunista, partido que había jugado un papel nada despreciable, aunque no exento de muchos errores, en la conducción de las luchas obreras anteriores, por lo que al triunfar la Revolución ocupó, por derecho propio, un reconocimiento en la estructuración del poder.
En aquellos años iniciáticos, los debates fueron intensos y públicos en todos los ámbitos del pensamiento cultural, económico, político, social e ideológico.
Intelectuales de renombre como el comunista Carlos Rafael Rodríguez, y Ernesto Che Guevara, se enfrascaron en un tenso examen del modelo económico que debía sustentar la construcción de la nueva forma de vivir, por sólo poner un ejemplo de polémicas que se dieron en todo el ámbito del pensamiento cultural, muy bien conocido. Un aire de autoctonía se respiraba, pleno del deseo de seguir construyendo una concepción cubana de la lucha social, dado por el inédito triunfo de una revolución por medio de la lucha guerrillera, y nada ortodoxa en su concepción, organización y despliegue.
Desde ese momento y durante una larga etapa muchos aspectos de la conducción revolucionaria se enfrentarían a los dogmas del comunismo estalinista y su representación isleña, en particular la concepción soviética de la construcción del socialismo en un solo país, y la consiguiente subordinación a ese objetivo de la acción de los partidos comunistas en todo el mundo, lo que provocó, es sólo un ejemplo,  ásperos roces por el apoyo que Cuba siempre ofreció a la lucha de los movimientos armados latinoamericanos. Mientras, el Che hacía un profundo examen de la economía política oficial del gobierno soviético, y señalaba, genialmente, los errores y dogmas que después llevarían a su glamoroso fracaso a fines de la década del 80.
La suerte económica del naciente proceso, y por tanto, su correlato en todos los demás órdenes de la vida, se iba a decidir, sin embargo, por la muy temprana y natural oposición norteamericana, concretada en el largo bloqueo y el acoso terrorista del vecino imperio, y el más que natural acercamiento a su polo opuesto de la época de la guerra fría, la nación soviética, por una cuestión de simple supervivencia.
El recrudecimiento de la guerra que por todos los medios desplegaban los gobiernos norteamericanos contra la Isla, todavía hoy sostenido pese al giro de la diplomacia estadounidense; las dificultades económicas de la década del 70, cuyo síntoma más visible se  fija en la zafra de los 10 millones; el desfallecimiento de la lucha latinoamericana con el asesinato del Che en Bolivia y la perspectiva cada vez más lejana de que se formara un bloque de apoyo en los países del sur con el éxito de alguna otra revolución armada, frustrada la mayor esperanza puesta en el triunfo pacífico en Chile de un gobierno con metas socialistas, rápidamente ahogada en sangre por un ejército golpista; todo ello factores combinados con los inevitables errores humanos cuando de una revolución se trata, llevaron a un más estrecho anudamiento inevitable a la órbita soviética, y la prevalencia interna de un sector del partido comunista que tuvo su manifestación más clara en el ámbito ideológico con el estrechamiento del umbral polémico y la riqueza de los debates anteriores.
Signos de ese giro fueron los lineamientos de conducción cultural que emanaron del Congreso de Educación y Cultura de 1971.
Las revoluciones constituyen ellas mismas el intento de lograr hacer realidad las utopías más caras de la humanidad. En el noble, pero no pocas veces equivocado afán por mejorar la condición humana, comete los errores de su época, más los que emanan de la aspiración revolucionaria.
El rechazo al homosexualismo, por ejemplo, que se patentó desde aquel congreso, no sólo como una nefasta directiva ideológica, sino que pasó a ser definida como una patología social, se originaba de la equivocada  concepción de que el perfeccionamiento del hombre debía conseguirse por la vía de oponerse a todo aquello que se considerara como originado por las concepciones prevalecientes en la vida burguesa y capitalista.
Esa dualidad tajante, que olvidaba los vasos comunicantes y diacrónicos universales de la cultura de todas las épocas, se heredaba y reproducía, en su criolla versión, de los rígidos dogmas soviéticos que tacharon toda la historia cultural humana anterior al socialismo como burguesa e inferior, y llamaron a inaugurar la etapa dorada del arte y la condición humana proletaria como un estado superior a la burguesa.
Muchas veces se han analizado las consecuencias de aquel momento fundador del agudo estrechamiento que sufrieron los canales de la polémica y el debate abiertos, sin tener en cuenta su contexto, sin el necesario y justo posicionamiento histórico. Hacerlo no puede significar un intento de justificar errores. Pero hacerlo sin contextualizar persigue un fin de otra índole que el intento de hacer justicia histórica.
Evocarlo sólo como el comienzo de una negra o gris etapa de persecución, sin mayores intentos por tener en cuenta todos los matices de época, y sin tener en mente que aún hoy entre las luchas por la  reivindicación humana  que se libran en todo el mundo está el reconocimiento de los derechos de la diversidad sexual, es pedir, o cometer a posteriori, una especie de anacronismo a la inversa, consistente en pedir a una compleja revolución en un contexto complejo, una lucidez en un tema que prácticamente no era lujo de casi ninguna coordenada cultural del momento. Y ese mismo procedimiento se aplica a otros ámbitos del pensamiento social, económico e ideológico.
En muchos casos esa falta de rigor en la justicia histórica esconde el mero intento de despojar de crédito y prestigio al objetivo mismo del socialismo, en una época en que, por demás, y como recuerda Fernando Martínez Heredia, socialismo es un término que se escucha cada vez menos en la boca de muchos, en medio de un tenso enfrentamiento cultural entre las aspiraciones capitalistas y socialistas como el que hoy tiene plena actualidad en Cuba.
Es construir en el imaginario de generaciones que apenas eran niños, o no habían nacido en aquel momento, la idea de una dura etapa represiva, que si indudablemente fue dolorosa para los hombres y mujeres que se vieron marginados por su condición sexual, de ninguna manera alcanzó las cotas de represión, torturas y sangre que tuvo en otras latitudes, y que todavía hoy tiene plena vigencia en las sociedades que se tienen por democráticas y libres. (1)
Y es, se tenga conciencia o no de ello, una contribución que se hace para que se borren las etapas revolucionarias de las aspiraciones  de las amplias masas humanas, dentro y fuera de la isla, que siguen estando bajo el verdadero bombardeo mediático exitoso de la cultura capitalista triunfante, como la única y mejor posible, donde la supuesta libertad individual se puede alcanzar plenamente.
(1) “La homosexualidad es una de las formas de vida sexual con la mayor carga de tabúes. Prohibida hasta hace escasas décadas en casi todo el mundo, hoy sigue siendo ilegal en la mayoría de los países al sur del Mediterráneo, aunque con matices, y se ha ido despenalizando en prácticamente todos los Estados europeos.”
en Represión de la diversidad sexual
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