(II)
La aspiración a que la calidad y los niveles del debate público en Cuba contribuyan  a propiciar una mejor conducción del proceso social, siempre ha encontrado apoyo en los pronunciamientos oficiales en todos los momentos del devenir revolucionario, tanto en el período conducido por Fidel, como en el transcurrido hasta hoy de Raúl.
Pero sin que exista una teoría consistente al respecto, – como es evidente que no la hay ni con respecto a cómo seguir construyendo una sociedad medularmente distinta a las sociedades de mercado – también es evidente que el debate social abierto, su forma de gobierno republicano y su conducción política toda, no puede ser la que considera la concepción democrática de aquellos países y sistemas que se consideran los verdaderos representantes de las libertades y los derechos humanos, y, por tanto, de la democracia.
Sin embargo, ese aspecto de la aspiración socialista, que sin debate republicano democrático no puede aspirar a ser verdaderamente socialista, también ha de ser concebido y construido sobre la marcha afrontando todos los riegos y errores que le son propios a los complejos procesos sociales y en medio de una aldea global francamente sostenida y sustentada en la economía de mercado y el modo de vida capitalista.
Salvo muy contadas excepciones de intelectuales que afanan su tarea investigativa por encontrar una concepción teórica de rigor en que fundamentar el avance de la democratización revolucionaria  en la tradición nacional marxista, fidelista y martiana, entre los que merece mencionarse la obra del aún joven intelectual Julio César Guanche y su investigación sobre la vía republicana, y la sólida tradición marxista y guevariana de un Fernando Martínez Heredia, parece que son más los intelectuales que abogan por abrir y desplegar el debate abierto, sin un sustento teórico riguroso y sin sopesar en sus proposiciones  y exigencias las consecuencias de un error de base o una errónea conducción del proceso que puedan llevar a las catastróficas consecuencias finales de otros procesos recientes y bien conocidos en que quizás de un objetivo inicial de buena fe, se pasó a un desmonte total de los proyectos revolucionarios.
Por otra parte, se debe tener en cuenta que esos riesgos no pueden conducir a una – por principio – anulación del debate, so pena de que las consecuencias puedan ser peores.
Pero hay que considerar también las continuas pruebas de que en el carro de una apertura a revisiones y críticas que se conviertan rápidamente en hipercriticismo oportunista y en revisionismo coyuntural y magnificación o descontextualización de reales y supuestos errores, se van a montar también los que están al acecho de que se comience a atomizar y fragmentar el ejercicio público de la crítica.
El nuevo período que se abre con el comienzo de la  normalización de las relaciones con los EEUU, puede convertirse en un caldo de cultivo más propicio y letal, si la apertura crítica por la que abogan algunos intelectuales se sale del cauce, y es aprovechada para sus fines, como es notorio que ha ocurrido en otras latitudes. Son muy conocidos para mencionarlos, los continuos intentos, ya de viaja data, por penetrar por la vía de la inteligencia y la ingeniería social, personajes y círculos intelectuales, con proyectos “culturales” de diversa índole y nada parece indicar que se van a detener, sobre todo ahora, que el restablecimientos de ciertos contactos, no persiguen otro fin, paladinamente declarados por sus gestores del norte.
En la conducción ideológica de los órganos de gobierno debe pesar fuertemente esta última consideración ante los diversos de apertura de discusión y debates públicos, como ocurre actualmente con la exigencia de una ley de cine, la inscripción de asociaciones no gubernamentales, etc.
A la necesidad  de cautela que obliga ese complejo proceso quizás obedece la médula de la concepción que se enuncia en cambiar todo lo que debe ser cambiado, pero con las pausas que aconseje no sólo el panorama interno y su complicada relación con los EEUU, que lejos de aliviarse entra ahora en una etapa nueva y más delicada, sino también con la aguda e imprevisible situación internacional.
Por otra parte, si no existe una experiencia exitosa, o una teoría razonable sobre cómo debe concebirse y conducirse el debate socialista, los reclamos actuales, salvo los pocos ejemplos que se pueden considerar, se basan, aunque no sean consciente de ello, en la práctica que históricamente se conoce de lo que se ha concebido como democracia. Y hasta la idea republicana no puede desasirse de su tradición histórica conocida, aunque quizás sólo muchos años después se haga evidente cuán descaminado pudo ser basar las expectativas de la realización de las libertades humanas en los esquemas que hoy podemos conocer y en las condiciones de absoluto predominio del sistema capitalista. Pero claro que no por ello se debe cejar en el empeño. Pero tampoco permanecer ciegos a la posibilidad de que estemos diametralmente equivocados.
Porque si de algo podemos estar seguros, sin necesidad de un viaje al futuro, es de que la libertad de expresión, la libertad de debate, el goce de los derechos humanos, y el acceso a la verdadera información, sin la cual el debate es mera cortina de humo, es hoy un puro y desolador mito, creído no sólo por las amplias masas que se hipnotizan todas las noches ante la manipulación de turno, sino también, un poco más increíblemente, por muchos que se creen mejor y más lúcidamente informados.
Un elemento que algunas personas gestoras de matrices públicas de opinión, sea a través de blogs u otras vías, no parecer considerar con más atención, es el papel que hoy desempeñan los llamados medios o redes sociales en la configuración de la hegemonía cultural imperialista. En palabras de Abel Prieto, parecieran estar hipnotizadas y atrapadas por las telarañas de esa verdadera arma de sujeción y poder cultural y espiritual, y, bajo esa hipnosis, llaman por una descontrolada inmersión de la sociedad cubana en el proceloso océano digital, sin ninguna discriminación. Entre otras realidades, parecen desconocer los continuos intentos que se hacen en muchos países capitalistas hoy por lograr imponerle algunos límites razonables a un modo de invasión que constituye, incluso, la base de un sistema de espionaje denunciado y probado ya con creces.
Es el triunfo del cuarto poder, en el éxito de la llamada guerra mediática. Y los que exigen desde sus estrechas parcelas de interés local o personal, sin la visión integral de las totalidades, como aconseja Fernando Martínez Heredia, olvidan que esa batalla aún no cesa en Cuba, sino que entra en su más peligrosa etapa.
Los países donde su gente llega a creer que gozan de capacidad democrática de expresión porque acuden a las elecciones o pueden hablar mal de sus gobernantes, son sociedades fuertemente balcanizadas, terriblemente fragmentadas por abismales desigualdades, que tienen su fundamento en la esencial oposición del trabajo y el capital, y la existencia de la gran propiedad privada cada vez más transnacional, y por tanto cada vez menos en la conducción de los gobernantes que aparentemente eligen.
Y esa aparente libertad de enfrentamiento es funcional a los sistemas de opresión en especial porque dan validez y legitimidad a los sistemas eleccionarios, garantiza que una masa crítica suficiente acuda a los órganos e instituciones “democráticas” y sigan validando con su voto el mismo esencial estado de cosas. Además de que esa aparente libertad no existe cuando se computan los medios de difusión en manos de los intereses corporativos o se analizan los contenidos a que mayormente acceden las mayorías de sus pobladores, sin mencionar la privatización de los servicios que verdaderamente garantizan los derechos humanos.
Cuba aún no tiene, ni es previsible que llegue a tener de mantenerse la espina dorsal del rumbo de su proyecto social, una estructura de fragmentación social tal, por el que sea necesario establecer un método de enfrentamiento social para acceder al poder, digamos, un método de elección gubernamental al uso, o de conducción y examen de la cosa pública que no sea esencial y medularmente revolucionario, entendiendo aquí como tal, un proyecto que no sólo se afinque en su tradición nacional, sino que sea radicalmente creador.
Y el debate crítico debe ser parte de esa nueva concepción. El intelectual por el hecho mismo de serlo o de considerarse como tal, debe pensar, en primer lugar, en esa responsabilidad de rigor creativo, si pretende no sólo hacer su obra particular, sino actuar como agente cívico de más rica formación e información en el debate público. Es notorio que los más exigentes e hipercríticos, o los que con mayor fiereza y desapego exigen la apertura del debate nacional a cualquier costo, (ver, por ejemplo) y abogan por la existencia de la polémica social  por la polémica  misma, y la aceptación fenoménica de los hechos por el simple expediente de que existen,  se declaren también libres de responsabilidad con respecto a todo, y hasta anuncien la muerte del actual proyecto. Ambas actitudes parecen estar en natural correlación.
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