Un pequeño apunte inicial dicho con fraternal humor: mi amigo Juany puede aliviarse rápidamente el escozor, pues en verdad no creo que haya manifestado yo fobia al debate, ni menos al debate en las redes. No sólo de su importante blog, sino de todos los que mi tiempo y el conocimiento de su existencia en el multicolor y variopinto océano del ciberespacio me permiten, soy lector placentero, las más de las veces divertido, y ojalá nunca furibunda víctima  de fóbicos temores.

Porque no es de ninguna manera aversión, repugnancia,  términos afines que hacen pensar en rechazo nacido de raíz cuasi patológica, sino eso sí, inquietud, preocupación – digamos intelectual, racional, pero de simple lector- , es lo que tengo respecto al tema  del debate, inquietud originada por una intuición que nace en la lectura de ciertos intelectuales de varias latitudes que respeto, y quizás en algunas propias famélicas ideas si las hubiere, y que casi da cierta vergüenza de Perogrullo confesar, y es la siguiente: lo que creemos saber del debate social de ideas al uso, a partir de sus paradigmas históricos y actuales, los procederes que tenemos por democráticos a partir de la democracia realmente existente, no me parecen, ni verdadero debate, por no ser un cauce que conduzca a la  efectiva realización de las libertades y resultados que dice garantizar, ni  democracia, como ya los que saben de estos temas han demostrado con creces, pero que el forastero puede, con sus simples armas, constatar sin mayores estudios o especializaciones. Y complementada con esta otra sospecha: algunos de los círculos intelectuales que hoy en Cuba forman o contribuyen a formar matrices de opinión en los lectores menos avezados, y que arrecian por el despliegue del debate público ampliado y total, extendido en toda su horizontalidad,  lo hacen bajo el marco de influencia de esas concepciones, quizás porque no pueden escapar a las limitaciones de su época, formación, o particulares jardines de creación, y por lo tanto, sin tener en cuenta una mirada totalizadora de la problemática cubana y su inserción en el mundo de hoy . Y que un sendero abonado por esos desconocimientos, será contraproducente a los resultados que dicen buscar.

Creo, no antipatía o  repulsión, sino sospecha de que en las redes no hay debate, en puridad, si entendemos por debate la definición de Aurelio Alonso. En las redes, quizás lo que más se ejerce hoy es una especie  de hipnótico espejismo democratizante, que nos hace creer que participamos de un ejercicio efectivo de libertad expresiva, cuando en realidad nos estamos encerrando cada vez más estrechamente,  en un más sofisticado panóptico, y mientras creemos que en efecto, nos “comunicamos”, hacemos nuevas “amistades” y ejercemos el gracioso Me gusta, ahora enriquecido con otros matices y opciones,  a la vez que contribuimos a tejer con toda nuestra información combinada, entrecruzada y meticulosamente analizada a nuestras espaldas, vastos e ilegales mapas de nuestra cotidianidad o a veces hasta la privacidad, sufragadas por la industria de la publicidad, y por cierto, la nada desdeñable inteligencia.

Pero en su generosa atención  a mis parciales apuntes sobre la problemática del debate en Cuba, (que además de esas dos partes mencionadas, tengo el plan de completar), mi amigo y coterráneo Juan Antonio cree necesario hacer la precisión de lo que él llama el lugar de la enunciación de aquellos textos, apuntando claramente al supuesto hecho de que en el Chile de hoy se puede ejercer una libertad de expresión que en el Chile de Pinochet fuera imposible, asentando de paso, mediante una tácita, y a mí me parece que no muy pertinente comparación, que en la Cuba de hoy no existiera.

Por supuesto, ante la evocación de las sangrientas consecuencias de la dictadura pinochetista, Juan Antonio no puede dejar de referirse al hecho de que los muertos, torturados y desaparecidos provocados por la represión cubana a la libre expresión gocen de buena salud, lo cual, si es evidente, lo es mucho más que, lo que se debe entender como  el ejercicio de los derechos humanos, llamados clamorosamente así donde menos se los garantiza y respeta, es incomparable entre ambas latitudes, ni con respecto al Chile de la dictadura, ni aún con respecto al Chile de hoy. Ni en las Américas, ni en la Europa marginal, ni mucho menos en el Oriente Medio. No tener en cuenta que en Cuba debe ser radicalmente otra cosa el proyecto que hoy está en plena transformación, es el erróneo, y en cierto modo casi imposible de evitar fundamento de base de que parten algunas exigencias de lo que debe ser la continuación de la revolución (el término evolución tampoco me parece correcto) democrática y socialista en Cuba.

Así, con respecto a la posibilidad de expresar mis criterios de que gozaría en el lugar de esta enunciación, un aspecto que no es el caso desarrollar aquí in extenso -, pero que es pertinente aclarar, y que no puede tener otro sustento de base que una consideración epistemológica y de ciencia política ampliamente estudiada hoy y acerca de la que existe razonable certeza- es el siguiente: uno de los mitos mediáticos más dañinos de nuestra época consiste en sostener, propagar y sembrar en el inocente imaginario de millones de cibernautas, que tener acceso a los medios digitales y las redes sociales se ha traducido en un progreso democratizador. Lo cierto es que el mundo digital, todo el aparataje tecnológico asociado y todos sus recursos mediáticos forman parte, y con ellos se está ejerciendo, el nefasto y sutil poder blando, mediante el cual se ha logrado la imposición del modo de vida cultural capitalista, hoy triunfante en todo el mundo, y que precisamente provoca la nueva batalla que Cuba debe librar ahora bajo el manto más amenazador del beso del judas diplomático estadounidense. Con respecto a qué significa hoy la guerra mediática y los medios mediante los cuales se libra, sólo traigo a colación un juicio difícil de refutar, de la advertencia de Ignacio Ramonet:

“No somos inocentes. Cual esclavos voluntarios, y aun sabiendo que nos observan, seguimos dopándonos con droga digital. Sin importarnos que cuanto más crece nuestra adicción más entregamos la vigilancia de nuestras vidas a los nuevos amos de las comunicaciones. ¿Vamos a seguir así? ¿Podemos consentir que estemos todos bajo control?”

Lo cual no significa que Cuba deba meter la cabeza tecnológica bajo la arena, por demás, ya del todo imposible, (y que nunca ha pretendido hacer, pese a que la leyenda negra de la propaganda siempre ha culpado a una ceguera gubernamental de sus limitaciones en una criminal manipulación de la verdad), sino que la incorporación del país a la compleja telaraña de los medios digitales, tiene que hacerse bajo una concepción política y comunicacional totalmente diferente. Por eso, y muchas otras razones que no se apuntan aquí, sí tengo la convicción  de que una errónea incorporación, y consiguientemente, una equivocada concepción e implementación del ejercicio del debate social, sí puede amenazar la soberanía del país. Quienes no quieren o no pueden comprender esa realidad, desconocen cómo son obtenidas las victorias mediáticas sobre la soberanía de los pueblos, mediante la fragmentación y la atomización social en los países donde ellos sostienen que existen las libertades democráticas o la mera posibilidad del verdadero ejercicio del debate. En realidad, son simulacros funcionales al sistema, como aquella peregrina idea de que poder satirizar a los presidentes y gobernantes ya nos hace personas “libres” ejerciendo los derechos plenos de expresión ciudadanos.  O que por permitir la circulación de algunos periódicos alternativos, las clases sociales sometidas ya tienen una posibilidad real de resolver las desigualdades y sacudirse las explotaciones. Estos simulacros de libertad y democracia son funcionales porque abren vías de escape y catarsis que no dañan al núcleo duro del poder sino lo justifican y permiten mantener sus aparatos de represión, son espejismos que hacen creer que se participa de la crítica y las decisiones. Cuando el poder es verdaderamente amenazado es cuando, en efecto, se oye venir el ruido de las armas. Mientras no, se permite el vocerío de los lamentos, y hasta las manifestaciones callejeras que por cierto cuando amenazan traspasar cierta línea roja son ahogadas por la represión. Lo que hoy se tiene por democracia, debate social y libertad de expresión, son ejercicios de equilibrio de una precaria gobernabilidad,  un caldo de cultivo de la contradicción de las contradicciones que es continuamente opacada por el falso debate: la esencial contradicción entre el capital y el trabajo, la existencia efectiva de una guerra de clases.

Pero hay algo más sugestivo, sugerente y sintomático en la observación comparativa del destacado crítico, ensayista y promotor cultural que es Juan Antonio. Y destaco sus ocupaciones sin propósitos hagiográficos, que por demás no necesita de mi, sino para dar relieve a que en alguna medida representa un criterio de base y muy extendido en aquellos círculos de la intelectualidad que examina y hace propuestas del sesgo a que me refiero en mis apuntes, sobre la cultura del debate en Cuba. Y es suponer que en sociedades como la chilena, supuestamente ya ahora no dictatorial y sí demócrata, y que es ejemplo señero y primero de la cultura y el modo de vida neoliberal en nuestra américa y el mundo, se ejerce, efectivamente, la libertad de criterio y opinión y, consiguiente y correlativamente, existiera el libre ejercicio de los derechos humanos asociados.

Por supuesto, que ese error de apreciación, que quizás no solo sea epistemológico, sino de filosofía y de teoría política comunicacional contemporáneas, seguramente se debe a que, de este tipo de modelo sólo se puede tener un conocimiento muy pálido y desdibujado desde la isla, a menos que se sea especialista enfocado hondamente en el tema. Pero uno de los argumentos que sostengo en mis apuntes, es la indeclinable responsabilidad que tienen los intelectuales cubanos de examinar con una visión de totalidad las cuestiones referentes al ejercicio de la democracia, o mejor, de lo que hoy se tiene por democracia en estos países, de su real y efectivo ejercicio de las libertades humanas, porque de no proponerse una solución muy radical y raigalmente distinta, –  creadora, en el sentido en que Martí  sugería que se insertase en nuestros países  el mundo – se estará abogando, algunos, los de buena fe, sin percatarse de ello (y que son los que me interesan aquí), y otros con pleno conocimiento de la causa que defienden, por un modo de ejercer las libertades de expresión y el debate que no tendría otro, a falta de esa concepción teórica que sostengo falta, que un modus operandi de la democracia que no es tal, y que sostengo, ya no está ni siquiera en discusión de tan evidente que resulta.

Y el ejercicio del debate es un subsistema del sistema de gobierno democrático, que en Cuba ha tenido su propia génesis y revolución, su raíz histórica y sus peculiares posibilidades y condicionamientos de despliegue, y que hoy está en plena transformación con la voluntad de concebir una concepción teórica que sustente el modelo de vida socialista pero cuya complejidad no se puede desconocer.

Un conocimiento directo y desprejuiciado, siguiendo diariamente algo de la prensa escrita, la radio y la televisión hegemónicas en Chile, y a la vez, una atención muy cuidadosa de los pocos y famélicos medios alternativos de la izquierda o de otras corrientes progresistas; una mera observación del modo como se ejerce la política y el gobierno  “democráticos”, hoy hundidos en un profundo marasmo de descrédito social, y un conocimiento directo de la imposibilidad de realizar hasta los modestos retoques reformistas que se propuso el actual gobierno, una frustración de las aspiraciones de las mayorías que los electores depositaron mediante   su voto en los gobernantes, es suficiente para percatarse, sin ánimos de especialista que no se es, sino simple atento lector de realidades, de que los paradigmas comunicacionales digitales imperantes en estas latitudes son improcedentes en Cuba. Que es necesario una inmensa, difícil y todo lo compleja que pueda  concebirse tarea de creación, no sólo de cómo debe fomentarse la cultura del debate en Cuba, sino del problema mayor de continuar en el proyecto socialista en el cual aquel problema se inserta, sin confiar en las fórmulas electoralistas, la pluralidad de partidos, o los llamados a la eclosión de un debate mal concebido. Insignes intelectuales hoy en Cuba han abogado hasta por los mecanismos de las elecciones y la existencia de partidos. Uno, que no es un intelectual de rigurosa formación en ciencias sociales, económicas o políticas, sin embargo no puede sustraerse a la idea de que están – al menos en este minuto de la historia – en un error, pese a que el respeto a la inteligencia ajena nos haga, continuamente, dubitar.

Por esas intuiciones sostengo que nuestros intelectuales  no pueden simplemente clamar, sino construir, no simplemente dar por bueno un esquema de actuación, una incorporación festinada e impensada  de las nuevas tecnologías, y dirigida a propiciar solo los problemas de sus propias parcelas, sino una mirada crítica integradora, en que efectivamente siga siendo un imperativo que los intereses mayores de todos deban ser protegidos, un enfoque en que no se tema a la palabra unidad, ni al concepto socialista que en Cuba ha logrado un éxito reconocido por el propio y confeso fracaso de la política norteamericana, porque la unidad sigue siendo, en el criterio de Fernando Martínez Heredia, que sigo conceptuando para mi, como uno de los  intelectuales que con más amplia y profunda mirada está analizando estos temas, una condición de sobrevivencia, y por lo tanto, la búsqueda de un ejercicio del debate que no contribuya a la construcción de espejismos de democracia, y que sí pudiera derivar en un cauce a la balcanización social semejante a la que hoy se padece en muchos países nuestros, o una plataforma de revisionismo hipercrítico de errores y grisuras magnificadas y descontextualizadas, mientras la población accede a un simulacro de libertad que es en realidad una cabeza de Gorgona petrificadora de las verdaderas libertades y un caldo de cultivo de la fragmentación social en un país donde no existe la gran propiedad privada ni el abismo de indefensión social que eso significa, y en el que por lo tanto se pudiera correr el riesgo de propiciar el caos del odioso enfrentamiento que hoy se observa en el país de la enunciación de estas ideas, atalaya temporal desde cuya supuestas mejores condiciones para manifestarse, por cierto, no me dedico a ver los lunares en el sol de mi país, o a magnificar los errores que se han cometido, sino a manifestar mis simples preocupaciones de cubano lector de aquellos que sí tienen la responsabilidad de pensar mejor.

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