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“Cuba está entrando en una etapa de dilemas y alternativas diferentes, entre los que sobresalen los que existen entre el socialismo y el capitalismo, teatro de una lucha cultural abierta en la que se pondrá en juego nuestro futuro. El gran dilema planteado es desarrollar el socialismo o volver al capitalismo. No servirá aferrarse meramente a lo que existe, habrá que desarrollar el socialismo.”

Fernando Martínez Heredia.

Cuba se ha propuesto la creación de valores humanos inéditos en una masa crítica mínima suficiente tal que tendiera hacia la regla, y no la excepción, pero en condiciones de país subdesarrollado y agredido, de raíces coloniales, con limitación de recursos, y, a la vez, pugnando por encontrar un dificilísimo equilibrio entre las necesidades de la individualidad por una parte, de  fronteras tan delgadas con el individualismo, y las metas sociales y colectivas por la otra, lo que ya por sí mismo significaba un reto de dimensiones gigantescas.

 

A ello se opone una larga historia de agresiones que no ha logrado el objetivo de sus promotores de ahogar al pueblo por hambre y desesperación, provocar la renuncia en un sector mayoritario de su población al apoyo a su gobierno y debilitar su voluntad de seguir adelante. Pero produjo y produce sufrimientos espirituales y materiales enormes. Ha sido en gran medida el principal impedimento para que los valores humanos socialistas hayan podido florecer plenamente en las condiciones materiales mínimas necesarias para que el hombre pueda dejar de pensar en la propia supervivencia, y dar ese salto cualitativo espiritual y cultural necesario al socialismo.

 

Aun así, la cubana es una revolución que se resiste  heroicamente a vivir bajo el signo predominante de un modo civilizatorio que hoy le provoca tantas catástrofes a la humanidad, pero esa tensión ha sembrado en algunos de los miembros de su comunidad la peligrosa deriva hacia un modo de vida que podría aniquilar otros logros y derechos esenciales al hombre que sí ha logrado asegurar.

 

Ese objetivo estratégico del bloqueo no ha sido plenamente impedido, y es el mayor peligro que hoy se cierne sobre la nación si se ve en la “normalidad” capitalista la vía rápida para satisfacer las necesidades postergadas.

 

Es ese terreno, fertilizado ya para sembrar el desánimo y la desconfianza en sus propias fuerzas, tensado largamente por la insatisfacción de expectativas y signado por la frugalidad de vida a que obliga no ser un país rico pero que redistribuyó sus recursos entre todos, el que aprovecha la guerra mediática actual para dar el definitivo golpe mortal a una noble aspiración.

Así, la guerra psicológica trabaja sobre terreno previamente minado, detonando aquí y allá los artefactos culturales pacientemente sembrados durante tantos años, abonado por las privaciones, por la pérdida de prestigio del socialismo histórico, por los conflictos generacionales, por la satisfacción de las necesidades vitales siempre en peligro, pero también aprovechando las superfluas inducidas en los jóvenes.

 

A la vez, se enfrentan contradicciones que pueden ser mortales si no se les haya inteligente solución. El socialismo exige que el ciudadano participe más activa y creativamente en las cuestiones de interés colectivo y gravite mucho más en la conducción del país, lo cual significa hallar en el pleno desarrollo de todos, la condición del desarrollo individual. Esto equivale a la superación del individualismo, piedra basal de la cultura capitalista.

 

Por otra parte, si se resquebraja seriamente la unidad en torno al proyecto colectivo, si se ahonda, o se deja a su albedrío que otros provoquen la desconfianza y el desánimo, el éxito de la guerra cultural y psicológica contra el socialismo se hace mucho más expedito, pues apunta y se aprovecha de los hombres donde ha hecho mayor mella la dificultad de sembrar los valores necesarios para que las ansias individuales no entren en contradicción con los intereses de todos. Un conflicto a resolver es tener en cuenta la inevitable diversidad humana, pero también la necesaria unidad en torno a  las aspiraciones colectivas.

 

Provocar la fragmentación social mediante una minería prolija en la búsqueda y el unilateral relieve de los aspectos más sombríos de los conflictos sociales y económicos, es lo que se propone la prensa tendenciosa, el hipercriticismo, la manipulación de la noticia, la mirada mayormente sombría que se enfoca sobre Cuba bajo el pretexto del servicio mediante la crítica. Para ello cuentan con ingentes recursos y eco internacional. No permitir que se aproveche esa brecha, y  a la vez servir con el análisis oportuno e inteligente, es la tarea, complejísima que quiere lograr la mejor prensa militante y revolucionaria.

 

En esa tarea los periodistas militantes tienen que salvar contradicciones dolorosas entre la aguda comprensión de que deben contribuir a la unidad, pero también ejercer el criterio revelando deficiencias sin dividir y desanimar, sin confundir y sin destruir. Revelar y denunciar problemas no debe ser sinónimo de provocar desunión, pero el torcimiento de los enfoques, la ausencia de rigor y la malsana intencionalidad, sí contribuye a ello. Son periodistas que no pueden ser mejor pagados, que afrontan las mismas dificultades cotidianas de todos los ciudadanos y, a la vez, necesitan del ocio creador para enriquecer su cultura, escribir, vivir, y procurar la felicidad personal y de los allegados.

 

En la otra orilla, la función que cumplen los sitios digitales adversos al socialismo no se revela sólo en sus declaradas pero falsas intenciones de servicio, sino mucho más en la visibilidad que regalan a las manifestaciones que provocan en los que visitan sus páginas signadas por la pedestre calidad del pensamiento y la indigencia de los argumentos que se exponen en los comentarios.

 

Un simple vistazo a los comentarios en esos sitios permite valorar  la índole de la  reacción a los artículos tendenciosos. Es allí donde se producen las manifestaciones más inconsistentes con el respeto y el diálogo, lo que Rafael Hernández  ha llamado el “ciberchancleteo”, la frase soez, la incultura y la vulgaridad, la indigencia intelectual, el apoyo acrítico. Esos sitios no  rechazan la publicación de la vulgaridad y la ofensa contra el que adversan, sino que le dan cauce, quizás porque refuerzan sus objetivos. Medios  donde se ponen dos de cal y una de arena, donde es signo la sinuosidad del estar y no estar, donde se simula hacer un periodismo objetivo, pero su resultado no es aunar voluntades, educar con hondos análisis. Es legítimo suponer que la razón está en que esos comentarios avalan el efecto que persiguen los autores de ese tipo de publicaciones. Con la aceptación de esos comentarios, además de revelar sus intenciones, hacen algo distinto a lo que proclaman y, sin embargo, exigen al periodismo cubano.

 

En cambio, una revisión de los sitios que sin dejar de ser críticos se rebelan contra la desinformación y la mentira, muestra un carácter muy distinto.

 

Mientras, el periodismo militante, impreso, radial, o digital, o la tarea de los modernos blogueros verdaderamente independientes, debe cumplir una función mucho más difícil que satisfacer a un estrecho auditorio ávido de hipercrítica, una gestión más ardua y noble que dirigirse a un aplauso cómodamente previsible y satisfacer a sus patrocinadores: mediante la investigación honda y responsable de los problemas sociales, contribuir con la crítica y el mejoramiento del proyecto socialista y, a la vez, aunar voluntades, reforzar esperanzas, cimentar convicciones y educar.

 

Son dos objetivos mucho más complejos de lograr, pero esa es la tarea cuando no se vende la postmoderna pluma del teclado al mejor postor, cuando el pago es la eventual incomprensión de los hermanos de armas, las ofensas del enemigo, o las almibaradas advertencias de los conciliadores, equidistantes y centristas de nueva data. Pero no hay alternativas. Y no olvidar tampoco, al paso y como si fuera poco, lo que Martí llamó “los oficios de la alabanza”, porque del descrédito, muy distinto de la crítica comprometida que caracteriza al revolucionario, se encarga y se encargará siempre el bien pagado para hacer su triste tarea y su contribución  a la historia universal de la infamia contra las revoluciones.

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