Por: Carlos Luque Zayas Bazán.

Las tecnologías digitales hacen posible hoy una producción cinematográfica desvinculada de los grandes centros que tradicionalmente han gestionado esa industria. Es un cine que se suele llamar o considerar como independiente, con obvia referencia a sus nexos anteriores, que a su vez son llamados oficiales, pero sin que se pueda definir con la claridad del pasado si, ya independientes de aquellos, ahora no son dependientes de nadie.

El término de independiente es por tanto muy polémico toda vez que la verdadera independencia, si no existe casi en ningún campo de loa creación cultural, mucho menos existe en la industria del cine. Como compleja industria que contempla también la publicidad, promoción y las negociaciones para su posterior distribución, aun cuando con frecuencia ese cine requiere mucho menos logística e inversión, no puede independizarse totalmente de la necesidad de mecenas, ni de los intereses de quienes lo financian. A través de esas entidades internacionales y habitualmente mixtas, transitan dineros e intereses meticulosamente tercerizados e invisibilizados mediante productoras, festivales, reconocimientos y premios, cuya intrincada madeja es muy difícil de caracterizar. Desde años atrás Cuba es también escenario de ese fenómeno y de un cine “independiente” que con bastante frecuencia aborda una temática que es muy bien sostenida y recibida en los circuitos internacionales. Sobre todo destacan en la preferencia y rápida resonancia internacional aquellos temas que abrevan en los conflictos del pasado revolucionario, pero también en el presente. Aunque la historia revolucionaria cubana, como cualquier otro proceso social, es un tejido de aciertos y errores, y unos y otros tienen, como no puede ser de otra manera, una inextricable relación con los eventos nacionales e internacionales de cada momento, hay un tipo de temática del cine independiente, y también de producciones que todavía siguen auspiciadas por la entidad estatal, que focaliza su interés en los aspectos más sombríos de los conflictos, o que se han sobredimensionado en su significado histórico o en su verdadera dimensión. Algunas de esas producciones tienen innegables valores artísticos, en la estricta dimensión del manejo de los recursos del arte cinematográfico, otras se quedan en el intento, y hay ejemplos de ningún valor. Tal como ocurre en cualquier cine, sea o no “independiente”.
Ahora: ¿qué significa ese denodado interés en hurgar una y otra vez en un pasado de errores sin contextualizarlos, y en algunos casos sacrificando la obtención del valor del arte en aras de la resonancia y relieve del tema? ¿Por qué los que se dedican preferentemente a recrear las temáticas “oscuras” del pasado, no pueden concebir obras que testimonien desde un arte que no tiene por fuerza que ser del realismo ramplón de aquel considerado como el socialista, la realización de otros muy distintos destinos, igualmente preñados de conflictos humanos y sociales, que indudablemente también han germinado en la época que arranca en el 1959 cubano? ¿Es sólo porque los destinos trágicos, dolorosos y conflictivos, el eterno drama humano, siempre ha sido la mejor levadura del arte?
¿Es que sólo existen o han existido en Cuba individuos “mandados”, conducidos, frustrados, amargados, desorientados, parametrados y aniquilados en sus aspiraciones? ¿Es sostenible, es verosímil en el campo del arte; es cierto, es sostenible en el campo de la realidad? ¿Por qué la mirada insistente y retroactiva sobre los errores históricos encuentra tan rápidamente eco y sustento, premios y resonancias en tan variados escenarios ajenos a Cuba?

¿Es coherente repetir que estos son “otros tiempos”, para validar las propuestas, posturas y valoraciones de los que, cual viajeros detenidos como estatua de sal por mirar constantemente atrás, no tienen en cuenta que aquellos también eran “otros tiempos”, y con ello negarse a un análisis más profundo de sucesos que hoy solamente se califican de errores, sin más?

En el campo de las argumentaciones, ¿qué objetivos persigue esa insistente rememoración de PM, el “caso” Padilla, Virgilio Piñera, etc., sin tener en cuenta la evolución posterior de la política cultural cubana, sin tener en cuenta que aquella no fue toda la cultura, ni de aquellos años, ni de los años posteriores? ¿Por qué desvincular y focalizar como los únicos representativos, o dignos del dolor memorioso, los dramas personales, de los grandes dramas que comprometían la vida y el destino de amplios conglomerados humanos?

Los que revuelven y rememoran, siempre que lo creen oportuno, aquellos sucesos, no casualmente son los mismos que califican la definición central de Palabras a los Intelectuales poco menos que obsoleta, superada, inoperante, o afirman que es el concepto menos importante de los enunciados en aquella charla de Fidel. Desprecian de un plumazo a quienes la citan, hasta “el cansancio”, dicen. ¿Y cuándo es que llegará el momento de llegar a la fatiga de esa mirada que constantemente parece tener una fijación traumática por los errores cometidos por personas que quizás fueron (o no), oportunistas, o de estrechos horizontes, o que creyeron estar cumpliendo con su deber, o que cometieron errores por cumplir con honradez con el que creyeron entonces su deber? ¿Por qué es superior y mucho más digno de reivindicarse el drama del artista a cualquier otro drama humano? ¿Por qué el drama de Salieri es menos digno de conmiseración que el de Mozart, si son dos seres humanos enfrentados al mismo angustioso destino del hombre consigo mismo y la complejidad de su época, a sus grandezas y también a sus flaquezas?

¿Era siempre aquel “funcionario” el ser deleznable, falto de convicción, miserable moral, mediocre sin inteligencia, “asalariado” y oportunista? ¿Era, es, siempre el que escribe una obra o filma una película, o concibe un poema, ese ser superior, alado, sin mancha y sin tachas, no oportunista, sino imbuido de una limpia conciencia superior, que no aprovecha ninguna coyuntura propicia para sintonizar con una moda temática y así ganar espacios y aupar sus intereses?
Ante la imposibilidad de tener un diagnóstico medianamente confiable desde el campo del conocimiento de las profundas motivaciones psicológicas del ser humano, y sobre todo si eso yace en el pasado: ¿por qué y sobre que fundamento indiscutido e indiscutible ha de ser siempre el funcionario el ser mediocre, el deleznable oportunista, el dogmático, el ser desalado y desalmado? ¿Y por qué si lo fueron algunos, como presumible resulta en la diversidad humana, relacionar o permitir que se relacione un fenómeno individual con el espíritu de un proyecto social? ¿Por qué contribuir a ello bajo el pretendido argumento de la reivindicación de una memoria que lo ha sido con creces por la obra cultural misma del proyecto cubano?

El escritor, el intelectual y el artista anterior al 59 no confrontó ese tipo de dilema con los intereses colectivos de un proyecto en revolución como el que devino en el 59, obviamente porque no existía proyecto alguno que lo sumara en su seno, pero también por una razón más simple: porque el artista no existía, no importaba, era “la última carta de la baraja”, una isla solitaria dentro de otra isla sometida. Es precisamente cuando comienza a ser incorporado a la gesta cultural y social, cuando se dignifica su condición profesional, cuando se le reconoce su papel de actor importantísimo, que afloran y pueden aflorar sus preocupaciones y contradicciones y exigencias, es cuando se le comienza a reconocer su derecho de ser y sobre todo de tener la capacidad de exigir que nunca tuvieron antes. Determinadas concepciones artísticas (dígase el intento temporalmente muy acotado de imponer los cánones del realismo socialista) de una parte de las estructuras ideológicas de aquella revolución naciente, crearon un nuevo caldo conflictivo, pero hubo también otra parte, la que angustiosamente se fue imponiendo en medio de otra tarea mayor y mucho más compleja, que emergió, se impuso y reconoció con la publicación de sus obras, a aquellos que sufrieron los errores cometidos. ¿Por qué la insistente mirada hacia aquellos años y esos conflictos no tienen en cuenta esa evolución? El arte mayor de todas las épocas siempre ha sido capaz de esa mirada profunda y abarcante, holística y compleja. Ese tipo de mirada que le hizo decir a Marx que aprendía mucho más en ciertas novelas que en los mismos libros de historia ¿Por qué es tan reacia entre nosotros esa mirada, por qué se premia y eleva y difunde con inusitada rapidez internacional una mirada tan puntual, tan focalizada, tan minuciosamente concentrada en una zona de lo sombrío y no en el claro oscuro y en todos sus matices?

Hay muchos intentos de respuesta, pero su núcleo se asientan en una mitología de muy vieja data y de un origen bien preciso: el artista crea belleza, se asocia casi espontánea y automáticamente a la rebeldía, a la verdadera libertad, a la iconoclasia, a la conciencia crítica, al ser libre y casi desasido de responsabilidades, y si tiene y acepta algún compromiso es con la “verdad”, con la memoria histórica, con las injusticias, y consigo mismo, es decir, con su conciencia. Parte del aura mitológica se adorna con solo una responsabilidad: le corresponde la exigencia de hacer denuncias, o cuánto más, preguntas, sin casi ninguna atención responsable por las respuestas. ¿Pero, nadie paga por esa tarea?

El campo de la creación artística tiene a mano esa narrativa prestigiosa; dígase artista y ya el imaginario se inclina con reverencia a las connotaciones áureas e incontaminadas del término; dígase funcionario, y se entra en un campo de inmediato minado por las despreciables connotaciones de un mito tenebroso, en cuya edificación mucho tienen que ver los aportes de la creación artística misma, así como en la construcción de su propio mito personal, mucho aporta la pose artística. Es obvio, no importa que el policía, o el crítico, cumpla bien sus funciones, sólo mencionarlo provoca una sonrisa irónica, no importa que cuando truene lo invoquemos y se agradezca su protección, o que estemos en buenos términos sólo cuando se nos alabe o proteja: la imagen del funcionario y del policía y hasta la del crítico, siempre estará injustamente aureolada por una sombra sospechosa, (así, del crítico se sospecha que es un artista frustrado, bilioso, etc), tanto como la del artista aparece nimbado de un manto de indiscutible superioridad en todos los órdenes. Si a eso se agrega la magia indiscutible de la palabra y el poder de los medios de difusión, sobre todo si es la palabra escrita, ya contamos con el arma poderosa que ha sembrado, regado y sostenido esa mitología.
Por supuesto que no hay sorpresa si, al citar entre nosotros al Che, también se repite una y otra vez sólo la idea según la cual el pensador no debe ser un asalariado del pensamiento oficial. En ese mismo párrafo, un poco más arribita, el Che afirma que el pecado original del intelectual es no ser verdaderamente revolucionario. Lo mismo que se recita tanto la primera idea, sería también de atender la otra opinión y por lo menos debatir ambas.

Pero no todo intelectual y pensador que coincida con una concepción mayoritaria, o que coincida con las concepciones del poder político e ideológico legitimado por las mayorías, es un asalariado descerebrado y sumiso o dócil, en cuanto eso significa que sostenga sus ideas sin convicción y solo por la paga de sus servicios. Es frecuente que quien le falte al respeto al otro se lo falte a sí mismo, o quien le dispute la sinceridad o la honestidad al prójimo, también ponga en solfa la propia al reservarse el trono de la pureza. ¿Con que prueba de veracidad es el otro el asalariado y no ud.? O en el caso en que ambos lo sean, ¿por qué el otro no defiende sus ideas con la misma limpia convicción con que ud dice defenderla?

Como tampoco todo creador de belleza está tan desasido de lazos financieros. Y, ciertamente, no todo intelectual es por definición no revolucionario. El juicio del Che tiene ciertas connotaciones filosóficas de otra índole que se podrían discutir en otra ocasión, ya que no es la cita socorrida. Pero en este segundo campo existe otro mito: se libra de cualquier otra responsabilidad al artista aduciendo que concebir una obra valiosa es “su revolución”, así lo revolucionario en el campo artístico es concebir y lograr una obra con indiscutidos valores estéticos (que son en fin los valores que determinada corriente de su época valoriza o define como los valores definitorios de lo artístico.) Y con ello se confunden dos universos muy distintos: no es ni puede ser lo mismo, ni conlleva a las mismas consecuencias lo que revoluciona en el campo de la concepción artística, de lo que revoluciona en el campo político y social. ¿Cuántos indiscutibles creadores de una belleza que nos parece ahora indiscutida y eterna (Borges, Vargas Llosa, entre nosotros) no están en las antípodas de las concepciones sociales revolucionarias? ¿Cuál es y cómo se define el derecho que tiene el creador, la obra artística, para desasirse de toda responsabilidad extra artística? Quizás sólo en el caso de artistas que han vivido y han muerto en la miseria por el desconocimiento de su obra o por no vender su pluma. Y sobre todo, ¿qué hacer cuando lo que se pretende, sanciona y se admite como valor artístico está indiscutiblemente relacionado con intereses extra artísticos – y teniendo en cuenta que el valor artístico no es un invariante abstracto y atemporal, ni intemporal, sino un resultado cultural, una construcción epocal?. Cuando esa relación existe, ¿no le corresponde al creador ninguna responsabilidad social? O en todo caso: ¿no le corresponde al creador ninguna otra responsabilidad cuando su obra es financiada y sostenida por otros? Sobre todo en la creación cinematográfica, que es una industria o algo casi imposible de hacer – todavía – sin algún sustento financiero, en su concreción o en su distribución, ¿cómo no considerar los intereses (a veces notoriamente extra artísticos) que tienen los que la financian, premian o difunden?
En estos tiempos surgen creadores que argumentan el deber de rendir homenaje a la memoria de escritores y artistas que, como cualquier otra persona de aquellos años, afrontaron y confrontaron las complejas contradicciones de sus biografías, sus peculiaridades psicológicas en tensión con los avatares, sus concepciones e intereses en los escenarios convulsos de una revolución, no sólo realizada por sus líderes, seres falibles como el que más, sino por toda la gama de las grandezas y miserias humanas de todos sus actores, donde la virtud y el acierto no siempre tenían que estar del lado de la creación inmaculada, como tampoco la vileza humana y la mediocridad del lado de los llamados funcionarios. Pero en una narrativa que se desea maximizar, el manto del prestigio victimizado, arropa sólo o preferentemente a un grupo de los actores, y el escarnio y la mala memoria a otro.

Los que insisten una y otra vez en recrear los fantasmas del pasado, y en ventilar o crear los fantasmas del presente, califican a los que opinan distinto de superrevolucionarios, o de domesticados, o de asalariados del pensamiento oficial, recordando una y otra vez aquellas palabras del Che, pero sin preguntarse nunca ni poner en duda otros ángulos del problema. Como los arduos y alambicados caminos por donde fluyen los dineros en el mundo de hoy son tan sofisticados y brumosos que no permiten aclarar y denunciar sus fuentes e intereses, se consideran desatados de turbios intereses. Viven del éter quizás sólo los improbables ángeles, y por tanto lo primero que debieran aclarar, ya que para ellos otros son los asalariados, es cuál es el criterio que purifica el sustento de los aportes que lo sostienen, es decir, en virtud de qué no se consideran asalariados, y por qué ese que sustentan sus creaciones sería limpia y moralmente superior a otros. Una vez que eso esté aclarado comprenderíamos mejor los intereses en lidia y por cierto, su verdadera naturaleza. Y no será la primera vez que los que hoy pagan, abandonen y desprecien mañana cuando ya no vean utilidad ni aún en una verdadera obra artística. Hoy no resulta extraño ver premiados temas, no el arte. Y si es con respecto a Cuba, mucho más. Ya hay varios tristes ejemplos.

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